Durante décadas, la promesa fue sencilla: entrar a una universidad de élite equivale a mejor educación , mejores capacidades y, por extens...
Durante décadas, la promesa fue sencilla: entrar a una universidad de élite equivale a mejor educación, mejores capacidades y, por extensión, un mejor futuro para la siguiente generación. La tesis que hoy gana terreno en la investigación social incomoda porque rompe el cuento: el gran “retorno” de la élite universitaria no siempre está en el aula, sino en la red.
La idea central es tan clara como provocadora: estas instituciones no necesariamente mejoran el rendimiento académico de los hijos de quienes lograron entrar, pero sí les cambian el entorno. Y cambiar el entorno no es un detalle; es una palanca silenciosa que opera en barrios, escuelas, amistades y oportunidades que parecen “naturales” hasta que se miden.
La pieza que se discute plantea un mecanismo específico: lo que las universidades de élite entregan con mayor consistencia es capital social, no capital humano adicional. Se amplían vínculos con personas de mayor estatus, se accede a círculos cerrados, y ese acceso se traduce en trayectorias más seguras para los hijos, aunque las calificaciones no se disparen como prometía la narrativa meritocrática.
La parte más cruda del hallazgo está en el terreno de la vida privada: las redes de pareja también se vuelven un canal de transmisión de estatus. Cuando el matrimonio o la convivencia se forman dentro de burbujas altamente selectivas, la desigualdad deja de ser un accidente y se vuelve un diseño social que se reproduce con apariencia de normalidad.
Así se consolida una paradoja que explica mucho del presente: puede haber movilidad para algunos, pero aun así la élite se conserva como élite. No porque aprenda más matemáticas, sino porque se junta con quienes ya tienen acceso, vive cerca de ellos, se recomienda entre ellos y se integra a sus códigos, sus instituciones y sus puertas laterales.
Esta lectura cambia el foco del debate educativo. El problema no es solo quién entra a la universidad, sino qué universo social compra esa admisión. El resultado es un tipo de desigualdad que no se ve en los exámenes, pero aparece con fuerza en la vida adulta: contactos laborales, reputación institucional, acceso a entrevistas, mentorías, y la capacidad de convertir “potencial” en oportunidades reales.
También introduce una tensión difícil de resolver: cuando se intenta abrir la puerta con políticas más inclusivas, puede aumentar la movilidad, pero el sistema se mueve sobre una frontera incómoda entre movilidad y meritocracia. No porque la inclusión sea “injusta”, sino porque el acceso a redes de estatus funciona como un premio adicional que la sociedad ha naturalizado como si fuera únicamente premio al mérito.
Al final, el punto no es demonizar a las universidades de élite, sino desmitificarlas: su poder no reside solo en lo que enseñan, sino en a quién conectan. Si el capital social se transmite y se concentra aunque el capital humano no cambie, la desigualdad deja de ser únicamente económica: se vuelve relacional, matrimonial, residencial y cultural. Y eso explica por qué el ascenso social, incluso cuando ocurre, suele sentirse como excepción y no como regla.
Créditos de la fuente:
Publicación en X: @sanz_ismael (enlace compartido)
https://x.com/sanz_ismael/status/1982838604612165760?s=46&t=xpTQbL8Z7vSiWEZ-VUfkgg
Documento citado en la conversación pública: Investigación de Funcas, no. 22 (PDF)
Estudio base referido: Barrios-Fernández, Neilson & Zimmerman, Elite Universities and the Intergenerational Transmission of Human and Social Capital (working paper / versión académica en PDF).

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