Hay un daño colateral del que casi nadie habla cuando el debate público se convierte en guerra: la ciencia empieza a estorbar . No porque ...
Hay un daño colateral del que casi nadie habla cuando el debate público se convierte en guerra: la ciencia empieza a estorbar. No porque sea “enemiga”, sino porque sus hallazgos tienen una mala costumbre: a veces contradicen lo que un bando necesita creer para sostener su causa. Y cuando la política se obsesiona con controlar las leyes, el incentivo inmediato es proteger la norma, no perseguir la verdad.
El mecanismo es sencillo. Si una ley se defiende como identidad —no como herramienta—, entonces cualquier dato que debilite esa defensa se vuelve peligroso. No se discute: se cancela. No se revisa: se condena. No se matiza: se reduce a propaganda del adversario. La ciencia deja de ser un método para entender el mundo y se vuelve un campo minado donde cada hallazgo se evalúa por su utilidad política.
En ese ambiente, los “partidarios comprometidos” suelen caer en una trampa: confunden hechos con intenciones. Si un dato incomoda, se asume que viene con agenda. Si una idea desestabiliza, se le acusa de maldad. El resultado es un filtro brutal que premia la lealtad por encima de la evidencia. Y en términos prácticos, la producción de conocimiento se encoge: se investiga menos lo que es verdadero y más lo que es seguro de publicar.
Esta dinámica explica por qué ciertas áreas del conocimiento cargan con sospecha permanente. La ciencia de la evolución humana, por ejemplo, ha sido acusada durante mucho tiempo de “subvertir” fundamentos morales y sociales. En otras palabras: no se le critica por estar equivocada, sino por ser peligrosa. El problema no es lo que demuestra, sino lo que podría implicar para el orden simbólico que algunos quieren blindar.
La ironía es que ese miedo revela una fragilidad: si una moral se derrumba por un dato, entonces no era moral; era una consigna. Las sociedades sanas no le temen a la evidencia: la incorporan, la discuten, la acotan, la traducen en instituciones. Las sociedades crispadas, en cambio, convierten el conocimiento en amenaza, porque toda complejidad debilita el relato de guerra que necesitan mantener.
Cuando la ley se vuelve el botín, se multiplica otra perversión: la presión para que la ciencia “sirva” a la causa. Aparece el impulso de citar estudios como si fueran martillos, seleccionar resultados como si fueran munición, y construir autoridad con papers sin comprenderlos. Se eleva el prestigio del lenguaje científico, pero se destruye su espíritu: la duda, la revisión, la crítica y la posibilidad de estar equivocados.
Ese deterioro tiene costo económico y social. Si la ciencia se autocensura o se politiza, la política se queda sin brújula, la educación se empobrece y las políticas públicas se diseñan con intuiciones disfrazadas de certeza. Una sociedad que castiga ideas por incómodas termina administrándose con dogmas, y los dogmas siempre terminan siendo más caros que los datos.
El punto de fondo no es pedir neutralidad imposible, sino exigir un mínimo de higiene intelectual: que las leyes se debatan con razones, no con fe; que los hechos se evalúen por su consistencia, no por su conveniencia; y que la ciencia pueda decir “esto complica el relato” sin que eso se lea como traición. Porque cuando la política se adueña del conocimiento, la verdad no desaparece: solo se vuelve clandestina.
Fuente:
Psychology Today: Peter DeScioli, How Laws Evolved by Natural Selection (publicado el 8 de agosto de 2023).
Referencia académica vinculada: Peter DeScioli, On the origin of laws by natural selection (2023, artículo académico).

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