Bryan Johnson, un empresario estadounidense que hizo fortuna con una empresa de pagos digitales, se ha convertido en el rostro más extremo d...
Bryan Johnson, un empresario estadounidense que hizo fortuna con una empresa de pagos digitales, se ha convertido en el rostro más extremo de una obsesión. Gasta, según ha declarado, alrededor de dos millones de dólares al año en un régimen que incluye decenas de suplementos diarios, una dieta estricta, terapias experimentales y mediciones constantes de su cuerpo, con el objetivo declarado de revertir su edad biológica. En 2023 llegó a recibir plasma de su hijo adolescente, un experimento que después abandonó al no ver beneficios. Johnson es una figura excéntrica, pero su búsqueda no es aislada: algunas de las personas más ricas del mundo están invirtiendo miles de millones en tratar de retrasar, o incluso vencer, el envejecimiento.
Las cifras son considerables. En 2022 se presentó Altos Labs, una empresa de biotecnología con unos 3.000 millones de dólares comprometidos por inversores como Jeff Bezos y el multimillonario ruso-israelí Yuri Milner, dedicada a la "reprogramación celular" para rejuvenecer tejidos. Google fundó en 2013 Calico, una compañía dedicada a la biología del envejecimiento. Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, invirtió unos 180 millones de dólares en Retro Biosciences, que busca añadir unos diez años de vida saludable a las personas. Peter Thiel ha financiado durante años investigaciones sobre longevidad. Arabia Saudita, a través de la Hevolution Foundation, se comprometió a destinar hasta 1.000 millones de dólares anuales a investigación sobre el envejecimiento.
La ciencia detrás de estas apuestas es real, aunque más modesta de lo que sugiere el marketing. En las últimas décadas, los investigadores han logrado prolongar significativamente la vida de gusanos, moscas y ratones mediante restricción calórica, fármacos como la rapamicina o técnicas genéticas. La reprogramación celular, basada en los descubrimientos del premio Nobel Shinya Yamanaka, ha mostrado que es posible devolver células adultas a un estado más joven en el laboratorio. Pero hasta ahora no existe ninguna intervención que haya demostrado prolongar la vida humana más allá de lo que logran el ejercicio, una buena alimentación, el sueño y la atención médica.
La carrera por la longevidad plantea preguntas éticas que van más allá de la ciencia. La primera es la desigualdad. La esperanza de vida ya está profundamente marcada por la riqueza: un estudio de Raj Chetty y sus colegas publicado en 2016 en JAMA encontró que, en Estados Unidos, los hombres del 1 % más rico vivían en promedio unos 15 años más que los del 1 % más pobre. Si las terapias de longevidad llegaran primero, o solo, a quienes pueden pagarlas, esa brecha podría ampliarse. Los críticos señalan además que los recursos invertidos en prolongar la vida de unos pocos podrían salvar muchas más vidas si se dedicaran a enfermedades prevenibles que todavía matan a millones de personas en los países pobres.
Los defensores responden que la investigación sobre el envejecimiento beneficiará a todos, porque el envejecimiento es el principal factor de riesgo de enfermedades como el cáncer, las cardiopatías o el alzhéimer. Retrasar el envejecimiento, argumentan, sería la forma más eficiente de combatirlas todas a la vez. Y señalan que muchas tecnologías médicas empezaron siendo caras antes de volverse accesibles.
El fenómeno revela también algo sobre la mentalidad de una élite acostumbrada a resolver problemas con dinero y tecnología. Para algunos de los hombres más ricos del planeta, la muerte parece haberse convertido en un problema técnico más. Si lograrán resolverlo, y para quién, es una de las preguntas más inquietantes de este siglo.
Fuentes: Bloomberg; Yahoo Finance; MIT Technology Review; Altos Labs; Calico; Hevolution Foundation; Chetty et al., JAMA (2016); Takahashi y Yamanaka, Cell (2006).

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