Hay una cifra que resume mejor que ninguna otra el momento que atraviesa la economía global en 2026: el gasto de capital conjunto de las cin...
Hay una cifra que resume mejor que ninguna otra el momento que atraviesa la economía global en 2026: el gasto de capital conjunto de las cinco grandes tecnológicas estadounidenses —Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle— pasará de 416,000 millones de dólares en 2025 a 758,000 millones este año, según estimaciones de J.P. Morgan, con una proyección de 925,000 millones para 2027. Es, según distintos analistas financieros, la mayor ola de inversión en infraestructura desde la construcción de las redes ferroviarias del siglo XIX o las autopistas interestatales de la posguerra.
El destino de ese dinero es, casi en su totalidad, la construcción de centros de datos, chips y capacidad de cómputo para entrenar y operar modelos de inteligencia artificial. El problema, señalan con creciente insistencia analistas de mercado, no es el monto en sí, sino una pregunta que empieza a quedar sin respuesta clara: quién capturará el retorno de esa inversión. Un informe de Moody's de febrero de 2026 identificó un mecanismo contable que preocupa particularmente a los analistas de crédito: los cinco grandes proveedores de infraestructura en la nube acumulan 662,000 millones de dólares en compromisos de arrendamiento de centros de datos ya firmados pero todavía no activados —obligaciones financieras que, bajo las normas contables estándar, no aparecen en el balance de la empresa hasta que el arrendamiento se activa formalmente, una forma de apalancamiento que queda, en la práctica, fuera del radar habitual de los inversionistas.
La señal más inquietante llegó en julio de 2026: Nvidia negocia garantizar hasta 250,000 millones de dólares para que OpenAI pueda financiar el arrendamiento de un proyecto de centro de datos en Ohio, además de estudiar el financiamiento directo de la compra de 350,000 millones de dólares en chips que la propia OpenAI le haría a Nvidia. El motivo por el que se necesita esa garantía es, según analistas financieros, la parte que realmente importa: OpenAI no genera beneficios y no calificaría por sí sola para crédito de grado de inversión, lo que significa que cualquier prestamista estaría financiando, en esencia, la promesa de una empresa con crecimiento de ingresos espectacular pero sin rentabilidad demostrada. El mercado de bonos ya reaccionó: los contratos de cobertura de impago sobre la deuda de Nvidia registraron su mayor incremento diario desde que comenzaron a cotizar activamente.
No todos los analistas leen esta escalada como el preludio de un colapso: gestores como Tunguz, que ha comparado públicamente el auge de la IA con frenesíes de inversión anteriores, reconocen que este tipo de ciclos no siempre terminan mal, y que incluso cuando lo hacen, suelen dejar tras de sí infraestructura —redes eléctricas, centros de datos, capacidad de cómputo— que eleva la productividad durante años, como ocurrió tras el estallido de la burbuja de las telecomunicaciones de los años noventa. El propio análisis de XTB plantea la pregunta central sin resolverla del todo: si varias compañías construyen capacidad de cómputo al mismo tiempo, el precio de esa computación podría caer y trasladar el beneficio a los clientes en lugar de a quienes construyeron la infraestructura, lo que dejaría a algunos de los actuales gigantes tecnológicos financiando, sin saberlo todavía, la próxima etapa de la revolución de la IA sin ser ellos quienes finalmente la capitalicen.
Fuentes: Alphaxander (Substack), XTB, El Diario.es, Yahoo Noticias (x2), Bloomberg Línea, Bitget News.

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