La guerra comercial entre Estados Unidos y China convirtió a México en el territorio más codiciado de la reconfiguración productiva mundial....
La guerra comercial entre Estados Unidos y China convirtió a México en el territorio más codiciado de la reconfiguración productiva mundial. El nearshoring llegó con promesas de prosperidad compartida. Los números cuentan una historia más selectiva.
Hay momentos en la historia económica donde la geografía se vuelve destino. México vive uno de ellos. La tensión geopolítica entre las dos mayores potencias del planeta, combinada con el colapso de cadenas de suministro que la pandemia dejó al descubierto, produjo un fenómeno que los analistas describen como la reconfiguración más profunda del comercio global desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El sistema basado en reglas multilaterales relativamente estables está siendo reemplazado por un entorno caracterizado por mayor competencia geopolítica, fragmentación económica y redefinición de alianzas estratégicas. En este nuevo escenario, las tensiones entre grandes potencias, el uso creciente de instrumentos económicos como herramientas de poder y la reorganización de las cadenas globales de suministro están modificando las reglas del comercio, la inversión y la seguridad internacional.
En ese tablero en movimiento, México ocupa una casilla privilegiada — y disputada.
La apuesta del nearshoring
Desde 2023, México se ha posicionado como el principal socio comercial de Estados Unidos, desplazando a China por primera vez en dos décadas. La inversión extranjera directa alcanzó niveles récord en 2025, y las proyecciones para 2026 apuntan a una aceleración impulsada por tensiones geopolíticas, aranceles a productos chinos y la vigencia del T-MEC.
Las cifras suenan históricas. La inversión extranjera directa ha superado los 40 mil millones de dólares anuales, impulsada principalmente por los sectores automotriz, electrónico y de dispositivos médicos. El país exporta más que nunca. El gobierno celebra. Los titulares acompañan.
Pero hay una pregunta que los boletines de prensa evitan: ¿quién dentro de México recibe esa inversión?
El Banco de México informó que, hasta mediados de 2024, apenas el 12.9% de las empresas con más de 100 trabajadores reportaron beneficios directos derivados del nearshoring. La mayor parte de los efectos se concentró en regiones fronterizas y en corporaciones ya integradas a cadenas globales.
Traducido: el capital extranjero llega, pero aterriza en el mismo ecosistema empresarial que ya concentraba la riqueza antes de que llegara. El nearshoring no distribuye equitativamente sus beneficios. Hay entidades federativas que están capturando montos desproporcionados de inversión, y otras que se están quedando fuera.
Geopolítica para pocos
Las exportaciones relacionadas con inteligencia artificial registran un crecimiento de 34% anual, mientras que las ventas al exterior de maquinaria y equipo especial para industrias diversas aumentaron 64% en 2025 y casi 75% en lo que va de 2026. Son números que impresionan en cualquier foro económico internacional. Lo que no aparece en esos foros es el mapa de quiénes son los propietarios de las plantas, los parques industriales y las cadenas logísticas que hacen posibles esas cifras.
México enfrenta en 2026 un delicado equilibrio diplomático. Por un lado, su profunda integración económica con Estados Unidos limita sus márgenes de maniobra; por otro, su tradición histórica de no intervención lo obliga a sostener una postura de defensa del derecho internacional. En ese juego de equilibrios, el gobierno negocia con Washington mientras la élite empresarial cobra dividendos de ambos lados.
México no exporta únicamente productos, exporta procesos productivos ensamblados con insumos extranjeros. El éxito exportador depende menos del petróleo y más de la estabilidad del comercio internacional. Si las cadenas globales se tensan, el impacto será directo en la producción nacional. El país apostó su crecimiento a una partida que no controla del todo y cuyos beneficios no reparte con equidad.
El orden que se viene
El Foro Económico Mundial señaló a la confrontación geoeconómica como el riesgo más relevante a nivel internacional para los próximos dos años. México, atrapado entre su vecino del norte y su necesidad de diversificarse, enfrenta ese riesgo con una recaudación fiscal entre las más bajas de la OCDE y una élite empresarial que históricamente ha sabido convertir la turbulencia geopolítica en oportunidad privada.
La geopolítica redibuja el mapa. El nearshoring mueve capitales. El T-MEC garantiza flujos. Pero mientras el debate público se centra en si México gana o pierde en este reordenamiento global, la pregunta que nadie formula con la suficiente claridad es más precisa: dentro de México, ¿quién gana exactamente?

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