Durante los años noventa, Japón entró en un estancamiento económico tan prolongado y peculiar que terminó generando su propio término técnic...
Durante los años noventa, Japón entró en un estancamiento económico tan prolongado y peculiar que terminó generando su propio término técnico: la "década perdida", caracterizada por crecimiento casi nulo, deflación persistente, tasas de interés cercanas a cero durante décadas y un nivel de deuda pública que escaló hasta convertirse en uno de los más altos del mundo desarrollado, sin que ninguna de las herramientas convencionales de política monetaria lograra revertir el ciclo. Lo que en su momento se consideró una anomalía específicamente japonesa —vinculada a factores como el envejecimiento poblacional acelerado y el estallido de una burbuja inmobiliaria particular— hoy preocupa a economistas como un patrón que otras economías desarrolladas podrían estar replicando, un fenómeno que la literatura económica ha bautizado como "japanización".
Los síntomas que definen la japanización van más allá de la simple desaceleración del crecimiento: se trata de una combinación específica de baja inflación estructural (o directamente deflación), tasas de interés persistentemente bajas que dejan poco margen de maniobra a los bancos centrales para estimular la economía en una crisis futura, envejecimiento poblacional que reduce la fuerza laboral y el consumo agregado, y niveles de endeudamiento público que, aunque sostenibles mientras las tasas de interés se mantengan bajas, generan vulnerabilidad estructural ante cualquier shock que las empuje al alza.
Europa, y en particular economías como Alemania —con su propio envejecimiento poblacional acelerado y su histórica aversión cultural a la inflación—, han sido señaladas repetidamente por analistas como las candidatas más probables a experimentar una versión propia de este fenómeno, aunque con matices importantes: a diferencia de Japón en los noventa, la Unión Europea enfrenta simultáneamente presiones inflacionarias derivadas de la transición energética y la fragmentación de cadenas de suministro globales, lo que complica cualquier comparación directa y podría, según algunos economistas, evitar que Europa replique exactamente el patrón deflacionario japonés.
El propio Japón, mientras tanto, atraviesa lo que algunos analistas describen como el inicio de una salida tentativa de su trampa deflacionaria de tres décadas: el Banco de Japón ha comenzado a normalizar gradualmente su política monetaria ultra-laxa, en un proceso delicado que genera tensiones fiscales considerables, dado que el gobierno japonés depende de tasas de interés extremadamente bajas para sostener el servicio de una deuda pública que supera ampliamente el tamaño de toda su economía anual.
La preocupación de fondo entre economistas que estudian este fenómeno no es solo académica: si más economías desarrolladas —achacosadas por el mismo envejecimiento poblacional, la misma desaceleración de la productividad y niveles de deuda igualmente elevados tras años de estímulos fiscales pospandemia— terminan atrapadas en un ciclo similar al japonés, las herramientas convencionales de política monetaria que los bancos centrales han usado durante generaciones para combatir recesiones podrían perder buena parte de su eficacia justo quenado más se necesiten, dejando a los gobiernos con un margen de maniobra considerablemente más estrecho para responder a la próxima crisis económica global.
Fuentes: Solunion (Análisis de la economía japonesa), CaixaBank Research, Coface (Japón y la trampa deflacionaria), Estrella Digital ("La japonización de la economía"), Wikipedia (Década perdida de Japón).
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