Mientras el gobierno celebra la reducción de la pobreza, un informe revela que la concentración patrimonial en México no solo no cede, sino ...
Mientras el gobierno celebra la reducción de la pobreza, un informe revela que la concentración patrimonial en México no solo no cede, sino que alcanzó su nivel histórico más alto. El dinero no espera — el poder tampoco.
Hay dos México que conviven sin tocarse. En uno, 13 millones de personas salieron de la pobreza entre 2018 y 2024, el salario mínimo casi cuadruplicó su valor nominal y la presidenta Claudia Sheinbaum declaró la semana pasada que la economía se mantiene "estable y avanzando". En el otro, 22 individuos acumulan una fortuna conjunta de 219 mil millones de dólares — el equivalente al tamaño económico combinado de Jalisco y Guanajuato — y nunca habían sido tan ricos como hoy.
Entre 1996 y 2025, la riqueza de los milmillonarios mexicanos se multiplicó 4.2 veces, mientras la economía del país ni siquiera duplicó su tamaño en el mismo período. La brecha no es accidental. Es estructural.
Ese es el argumento central del informe Oligarquía o democracia, publicado por Oxfam México en febrero de 2026: la fortuna de los milmillonarios se duplicó en apenas cinco años, no por mérito individual, sino por un modelo económico que depende del trabajo de millones, pero concentra sus beneficios entre muy pocos.
El problema no es solo económico. Es político.
Cuando la riqueza se concentra, también lo hace el poder de decidir qué, cómo y en qué condiciones funciona la economía. Los ultrarricos acceden a los espacios de decisión, influyen en las políticas públicas y heredan su poder dentro de dinastías sin legitimidad democrática. En esa lógica, la democracia no desaparece — se vacía. Se convierte en escenografía.
Las métricas lo confirman con una precisión incómoda. El 1% más rico concentra 35% del ingreso nacional y 40% de la riqueza privada, mientras 38.5 millones de personas viven con carencias sociales y 18.8 millones no tienen acceso a alimentación nutritiva. El gobierno puede mostrar avances reales en los pisos bajos de la pirámide; lo que no ha movido es el techo.
El PIB per cápita mexicano apenas creció 16% desde 1981. En el mismo lapso, la inversión pública pasó de representar cerca del 12% del PIB a apenas 4% en 2024. El Estado se adelgazó. Los grandes capitales, no.
La élite que no necesita Estado
Lo que el informe de Oxfam describe — y lo que Alpha Noticias pone en perspectiva — no es un fenómeno de codicia individual, sino de ingeniería sistémica. De 2020 a 2024, la riqueza de los ultraricos en América Latina creció alrededor de 443%, frente a un crecimiento regional promedio del PIB de apenas 2.4% anual. México no es la excepción. Es el caso de estudio.
La concentración de riqueza por una élite de 22 milmillonarios ha secuestrado la democracia mexicana: la desigualdad extrema ha vaciado de contenido democrático las instituciones, convirtiéndolas en un espacio donde el poder económico dicta las políticas públicas.
La pregunta que nadie en el poder responde con claridad es esta: ¿puede un gobierno proclamarse transformador mientras las reglas fiscales que sostienen esa concentración permanecen intactas? Los ingresos públicos de México son los más bajos de la OCDE y uno de los más bajos de América Latina y el Caribe. Con esa recaudación, redistribuir es un acto de voluntarismo. Cambiar la estructura, una decisión política que aún no llega.
Mientras tanto, los 22 siguen contando.
Fuente: Oxfam México, La Jornada, Excélsior

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